10 agosto 2015

¿Por qué el gobierno sanciona a quien difunde cultura?

Usted decide montar una obra de teatro. Piensa en un conflicto intimista como las de Antón Chéjov, o en una que explore lo ilógico de la existencia como las de Harold Pinter, o en un drama de denuncia social como las de Arthur Miller, o en una bufonada contra el gobierno como las de Dario Fo. Quizá prefiera el teatro mexicano, así que montará un melodrama como El Gesticulador, de Rodolfo Usigili, o Te juro Juana que tengo ganas de Emilio Carballido. Cuenta con un local comercial en regla, así que lo usará como espacio escénico. Obvio, tendrá que cubrir diversos gastos que no le serán redituables: el teatro no es buena inversión; no sacará ni para pagar el recibo de agua.

Y peor: ¿Sabe qué? Se arriesga a infringir la Ley. Si no da aviso a las autoridades, si no solicita el permiso burocrático correspondiente, cometerá un ilícito. Es decir, se convertirá en un delincuente. Deberá pagar al gobierno una sanción por el delito de difundir la cultura. Claro, puede que lo pesquen, puede que no.

Le advierto que un hombre enjuto, encorvado, vagamente parecido a la Parca, podría aparecerse en mitad de la representación escénica. Es domingo, pero vestirá de manera formal, aderezado con una ridícula corbata. De un maletín de cuero gastado sacará no una notificación, ni una demanda, sino un documento más amenazador: su credencial que lo acredita como inspector. Le dirá que usted es merecedor de una grave sanción por difundir la cultura, es decir por montar una obra de Rodolfo Usigli y para enfatizar sus acusaciones usará un lenguaje enredado y más manoseado que el nudo de su corbata.

De nada servirá que usted intente persuadirlo, o pretenda refutarlo: la cabeza de este burócrata supura reglamentos, expedientes, multas y mil cosas más, menos valoración por la cultura y por el arte. No habrá explicación que valga: la Ley es la Ley y punto. A menos que quiera montar una obra teatral camuflajeada; levantar la escenografía en la clandestinidad; que los actores interpreten sus papeles discretamente, como no queriendo, y todo a media luz, como dice el tango.  


Comprenderá que este pobre sujeto encorbatado es la esencia de la burocracia más ignorante y vulgar. O llegará a pensar que tal personaje casi teatral puede tener razón. Y que por el bien del país, de la sociedad, de usted mismo y de su familia, es mejor no montar obras de teatro que lo expongan a ser tipificado por los políticos como delincuente potencial. Así que no malgaste su salud mental: mejor váyase a su casa, encienda su televisor, y enchúfese al primer reality show. Aprenda de una vez por todas que ver las babosadas de Laura Bozzo no genera impuestos y en cambio, montar una obra de Usigli sí. ¿Qué prefiere usted?

05 agosto 2015

La mujer que donó su fecundidad

Fue un acto de buen fe: mi amiga divorciada buscaba una madre sustituta para procrear y una mesera cubana se ofreció a alquilar su vientre para parir un hijo que no sería suyo. ¿O sí? En todo caso sería un niño con dos madres, o con una madre adoptiva desde antes de nacer. Los avances de la ciencia médica propician estos dilemas morales. ¿O simplemente existenciales? Brindamos en la barra del bar con mojitos; hierbabuena macerada, ron blanco seco, azúcar y hielo picado. Una mezcla amarga, silvestre y dulzona. La vida concentrada en un vaso corto de vidrio.

Ignoro qué tipo de pago recibió la mesera cubana. Pero no dudó en aceptar tras dos o tres platicas que entablaron a solas, sin testigos de por medio. Tomaron mojitos que se prepararon una a la otra, frente a la misma barra, como cortesía de amigas que apenas se conocen. Cuando volví a ver a la mesera, su vientre lucía hinchado por el óvulo fecundado, como cauteloso de no evidenciar al ser vivo que crecía, se formaba, se instalaba en su placenta. ¡Quien la viera a ella, tan práctica en su trato de solterona férrea! Pero se había vuelto más sensible con los clientes y sus compañeros de piso. Sin aludir a su sobrepeso de 15 kilos y una inflamación de pies que le impedían caminar diez pasos sin cansarse.

¿Que parte de su información personal le ocultó mi amiga a la mesera? ¿Por qué no le dijo las razones por las que no podía procrear un hijo por sí misma? La mesera sin embargo, estaba feliz; le pagaban por cumplir nueve meses de carga: sólo un rato, desde luego; un sacrificio bien remunerado por una experiencia que no viviría después, porque no pensaba cuidar criaturas: arrullarlos, darles pecho, educarlos. ¡Que lata innecesaria para las solteronas que lo son por voluntad propia!

Una tarde, siete meses después, invité a las dos madres, mi amiga del óvulo fecundado y la mesera de la placenta prestada, a tomar mojitos. “Solo uno” me advirtieron al unísono. Maceraron ellas mismas la hierbabuena y picaron el hielo. Prepararon tres vasos con ron blanco y azúcar. Entonces, en un rapto de súbita inspiración poética, sentencié: “la vida se toma con ron blanco, como los mojitos cubanos”. 

Pensé que mi declaración sería lo más fuerte de la tarde, pero mi amiga me superó cuando le dijo a la mesera por qué quería en realidad tener un hijo: “Tengo linfoma de Hodgkin pero quiero reproducirme. Así que busqué un donante de espermas. Tomé hormonas para que me extrajeran los óvulos y los medicamentos para la fertilidad aceleraron mi cáncer; ya es intratable”. La mesera apuró su ron, se incorporó como pudo, y sonriendo soltó un maternal “vete a la mierda”, antes de salir por la puerta y dejarnos sin habla a mi amiga y a mi. “Es natural” le dije al cabo de un rato, “nadie puede andar por el mundo ofreciendo óvulos para fecundar sin aclarar con antelación que tiene linfoma de Hodking”.

La mesera no regresó. Imaginé lo peor. No fue la manera más divertida de terminar el día. Con el tiempo mi amiga adelgazó rápidamente, reanudó su tratamiento con quimio y aceptó el espeso ritual de la supervivencia. Tenía muy bajos niveles de hierro. Parecía resignada, como una madre que ha perdido a su hijo, y por tanto, las ganas de resistir. Un fin de semana, reapareció la mesera. Sostenía su barriga con ambas manos. Me dijo: “dile a tu amiga, la divorciada, que venga. Quiero saber al menos quien es el padre”.


Se sentaron ambas, la tarde entera, hasta que oscureció, sin hablarse, yo viéndolas de lejos, desde la barra. Al final, mi amiga se levantó a duras penas; la mesera se incorporó también para darle un abrazo. Formaban una especie de familia. No quise acercarme, pero sí hablé en voz alta: “la vida es amarga, silvestre y dulzona y se toma con ron blanco, como los mojitos cubanos”.   

04 agosto 2015

Entrevista a la celebritie

“Hace años sufrí los peores tres reveses en mi vida; me cortó mi manager cubano, murió mi padre y no me gustó mi cirugía facial. Los tres reveses me dolieron igual”. Uno recibe a artistas sin vocación en el Mandela Grill&Bar y se convierte en head hunter de cantantes, perito de celebrities y terapeuta ocupacional. La primera y segunda función es parte de la chamba; la tercera se suma al proceso de aburrición existencial. Ninguna de las tres funciones le importaba a la joven que fumaba un cigarro y vestía de gym más para sesión de pilates que para entrevista laboral.

“Mi padre era de origen mexicano y tenía un estudio de grabación sobre Lincoln Road, en Miami Beach. Me tuvo a los 48 años. De sus seis hijos fui su consentida, porque soy mujer de decisiones. Desde niña quise ser cantante. Hice lo básico para cumplir mi meta; implante de tetas, rinoplastia, lipoescultura, colágeno para labios, peróxido porque no soy rubia natural… aunque parezca. Incluso cursé dos clases de solfeo”. Apuntaba lo que me decía con una pluma en una libretita, porque no me gusta registrar confesiones personales en ninguna tablet (cabe el riesgo de que, por accidente o imprudencia puedan volverse públicas).

“No soy improvisada. Me conseguí un manager cubano. Cada cirugía estética me la pagó mi padre. Al mánager también me lo pagó. Lo difícil fue convencerlo. Pero soy mujer de decisiones. Mi padre era elegante. Usaba saco sport y fumaba habanos. Tuvo cuatro esposas. Yo fui hija de su tercera mujer. Sus contactos se extendían por Florida; Warner Music Latin America, MTV Latin America, Sony Norte. Vivíamos en Coconut Grove, o sea, lo hi de lo hi”. No supe si la joven alardeaba, mentía o exageraba: me daba exactamente igual.

“Convencí a mi padre para que contratara en su estudio de grabación a Marc Anthony. Era mi ídolo. Lo usaría como trampolín al estrellato, a la fama, al Top Ten. Le adelantó miles de dólares para que visitara el estudio. Un día antes de cerrar el trato, mi padre se infartó. Lo sepultamos sus cuatro mujeres y sus seis hijos con su saco sport y sus habanos. El mismo día del sepelio mi manager cubano me cortó. Fue la única vez que dudé de mi, de mi vocación, de mi talento. Pero soy mujer de decisiones. El pasado pisado, el presente de frente y lo que viene es candente”. Me sorprendía que, dentro de tanto follaje de frivolidad, saltara de pronto la liebre del ingenio mordaz, así fuera inconscientemente.

“Me mudé a Nueva York. Busqué un año a Marc Anthony. Nunca lo encontré. Hasta que una tarde, en un diner de Jackson Heights, en Queens, me topé con el crítico de música latina Máximo Cadena. Usaba saco sport y fumaba habanos. Él sería mi puerta de entrada para Marc Anthony. Si era crítico musical, seguro serían amigos. Diseñé para el abordaje un plan A y un plan B. El plan B era el mismo que el plan A pero sin ropa. Le pedí al crítico que me regalara un habano. Me dijo que no. Me lo canjeó por un Marlboro”. Me agradó que un profesional del mundo del espectáculo no cayera en la tentación de la lujuria: eso hablaba bien de su ética personal.

“No me gustó su aspecto. Muy viejo para mi. Pero le vi el saco y el habano en los labios y me hizo pensar que podía sacarle ventaja. O, al menos, una cita con Marc Anthony. Soy mujer de decisiones. Le ofrecí un trato. Si lograba adivinar mi profesión, estaba dispuesta a que me llevara a la cama. Me preguntó que plazo le daba para descifrarlo. Le respondí que lo que durara la ceniza en su habano, sin caerse”. Y entonces comenzaron las adivinanzas: “¿Escort? No. ¿Hostess? No. ¿Aspirante a actriz? Frío, frío. ¿Aspirante a cantante? Caliente, caliente”. Obviamente el mentado crítico debía saberlo todo de antemano, pero jugaba con ella, como el gato con el ratón.

“El crítico musical tomó el habano y lo apachurró en el cenicero. Dijo fastidiarse del jueguito y que si yo quería ser cantante, él me ayudaría a cambio de ciertos favores. Su departamento estaba a dos cuadras de ahí. Lo tomaba o lo dejaba. Al cabo, me dijo, lo básico en el negocio de la música es la formula tits and ass. Y yo tenía ambas virtudes”. Me sorprendió que tildara de virtudes lo que son simples talentos, pero en el mundo hay gente de todo y para todo.

“Le rogué que no me creyera mujer fácil y él me respondió que sí lo era, pero que con los años se corregiría mi mala fama porque en Estados Unidos cualquier reputación termina siendo respetable”. ¿Cumplió sus deseos el crítico de música latina? No lo se ni me importa ahora. Tampoco comprendí a ciencia cierta quién de ellos era el gato y quién de ellos el ratón. Sólo recordé mientras escuchaba su monólogo, envuelto en humo de cigarro, aquella frase de Joaquín Sabina: las malas compañías son siempre las mejores. Pero al instante guardé su currículum en el escritorio y encaminé a la susodicha a las puertas del negocio para despedirla y no verla nunca más.

31 julio 2015

Tu corazón en otro ser


En Nuevo León no somos muy afines a valores éticos como la denominada muerte digna o la eutanasia. Tampoco podemos despojarnos de prejuicios arraigados como resistirnos a la donación de órganos. Persiste el pensamiento mágico: creer que se atrae la mala suerte si tratamos con naturalidad estos temas, o que una maldición nos arrebatará parte del alma si poco antes de nuestro deceso, en caso de muerte encefálica (cuando se demuestra la ausencia total de actividad cerebral), nos quitarán el corazón para ponérselo a un paciente con posibilidades de seguir viviendo.

Sin embargo, los tiempos cambian. Muchos regiomontanos hemos llenado el oficio correspondiente del Centro Nacional de Trasplantes y por fortuna las redes sociales se han convertido en caja de resonancia para este activismo que varía positivamente la forma de pensar del mexicano.  En pocos meses, hemos logrado incrementar notablemente el número de personas que han aceptado sumarse voluntariamente a este propósito, gracias a campañas en Facebook o Instagram. De ahí que las redes sociales han evolucionado a redes sociables. La diferencia no es menor.

El registro en línea, aunque sigue siendo testimonial – la aceptación legal pide cumplir protocolos como llenar una Tarjeta Oficial de Donación, no revocable por terceros --  surte un efecto de adhesión masiva. No sucedió así en los últimos veinte años. Pese a las campañas de persuasión, los donantes eran muy pocos: casi nadie se atrevía a dar su consentimiento. Si esa reticencia generalizada (por lo demás muy comprensible) se comparaba con el incremento exponencial de pacientes necesitados de trasplante de riñón, hígado, páncreas o pulmón, el panorama se tornaba crítico. Lo sigue siendo.

Por fortuna, la tecnología opera en favor de la apertura de criterio y una generación de nuevoleoneses enfrentará el fin de sus días con mayor naturalidad y espíritu compasivo. Desde luego, no es cosa fácil. Menos si se trata de donar nuestros órganos. Sin embargo, para algunos románticos, imaginar que nuestro corazón seguirá latiendo en otro cuerpo, e irrigará sangre por la red de venas y arterias de un ser vivo, nos alivia de pesadumbres presentes y nos canjeará por una sonrisa el pesimismo final del famoso soneto de Miguel Hernández: “tanto penar para morirse uno”.

30 julio 2015

¿Cómo ser felices si los demás no lo son?

Hace años, un antropólogo norteamericano hizo un experimento en Sudáfrica. Invitó a unos niños de cierta tribu a jugar en un campo cercano al hotel donde se hospedaba. Llenó un cesto de manzanas y lo dejó al lado de un baobad, uno de los árboles más hermosos del mundo. El antropólogo le propuso a los niños un reto: correr hasta el baobad y el primero que llegara, tendría de premio el cesto de manzanas.

Los niños aceptaron el reto del forastero. Pero cuando recibieron su señal para salir corriendo, se tomaron de las manos. Llegaron juntos, en hermandad, al baobad, se sentaron a un lado del árbol enorme y comieron entre todos las manzanas del cesto. El forastero se acercó a los niños y recibió una manzana redonda y roja que comió con ellos.

Luego les preguntó por qué se habían tomado de las manos para llegar juntos a la meta. Y en coro, con los mofletes llenos de fruta roja, los niños le respondieron con una sola palabra: Ubunto. Más tarde, el antropólogo se enteró de la traducción de este vocablo en zulu: “Yo soy porque nosotros somos”. Es decir, ¿cómo podemos ser felices si los demás no lo son?

Hace años murió el hombre que mejor encarnó en nuestra época la palabra Ubuntu. Se llamó Nelson Mandela. Quiso poner en práctica en su país una simple idea: todos los hombres somos hermanos, sin distinción de sexo, credo o condición económica. Por esa idea estuvo preso 27 años. ¿Qué sería de México si pusiéramos en práctica la palabra Ubuntu, que bien conoció Mandela y los niños con lo que se topó el antropólogo norteamericano?


Un buen amigo nos invitó a comer a su casa a un grupo de músicos y artistas de Cuba y México, de diferente color de piel, unos blancos, otros negros. Nos tenía preparado un menú espléndido y yo pensé de inmediato en el profundo significado de Ubuntu: “Yo soy porque nosotros somos”. Hace unos instantes me avisó que cancelaba la comida porque su padre acababa de morir. 

Me siento a escribir este texto mientras recuerdo a Nelson Mandela: ¿cómo podemos ser felices si los demás no lo son? Estimado Andres Meza: recibe mi pésame y mi afecto.